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Érase una vez, una niña que estaba aburrida en su casa, sin saber que hacer. Le dijo a su madre que si podía salir con sus amigas e ir al cine; su mare le dijo que sí y se fue.
Primero fue a llamar a su mejor amiga, Sandra, por si quería ir con ella y después irían a ver y decirle a su amiga Carmen si quería ir con ellas. La niña se dirigió hacia la casa de su amiga Sandra, la llamó y salió; le preguntó si quería ir con ella y le dijo que sí: espera que me arreglo un poco. Cuando salió, las niñas se fueron a casa de Carmen, pero Carmen no estaba, así que se fueron al cine. Cuando llegaron al cine entraron a comprar las entradas.
Sandra le dijo a Lucía: yo me quedo aquí, compra tú las entradas.
Lucía dijo !vale!.
Cuando Lucía terminó de comprar las entradas se fue con Sandra y entraron en la sala 21, la que le dijeron. Cuando entraron no había nadie dentro y se escuchaban ruidos muy extraños. No había ni sillas, ni pantalla ni gente; nada de nada. No sabían qué hacer. Cogieron y se salieron de allí, pero cuando iban a abrir la puerta, estaba cerrada. Cogieron los móviles y ninguna de las dos tenían saldo ni cobertura. Las niñas, extrañadas de que les pasara lo mismo y al mismo tiempo, empezaron a chillar: !papá!, !mamá!, !venid a rescatarnos! Lucía dice que si hubiera venido Carmen todo hubiera sido diferente.
Sandra dice: Carmen siempre. Y yo qué pinto aquí, dime, qué pinto, dímelo. Las niñas se enfadaron. Lucía cogió y pegó muchos chillidos.
Y un guardia, que pasó por allí, las escuchó y fue a por la llave y abrió la puerta y se encontró con las niñas llorando en un rincón abrazadas y el guardia dijo: pero que hacéis aquí solas y abrazadas en un rincón. Sandra contestó: porque hemos venido a ver una película, hemos comprado las entradas y nos han dicho que viniéramos aquí para ver la película y ahora aquí no había nadie. El guardia dijo: claro que está sola. La han vaciado para arreglarla y pintarla. Se habrán confundido al mandaros aquí. Venga, vamos fuera y no lloréis más.
Las niñas, a pesar de estar peleadas, se apoyaron y se les olvidó el enfado con el terror y el miedo que tenían.
Esa es la moraleja que se saca de este relato.
Claudia Montiel Pardo, 1º B. Participante en el Concurso de Relatos sobre historia de Campanillas ( Semana Cultural I.E.S. Torre del Prado ) Cite este artículo en su sitio
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